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Carlos Manzo heredó la sangre valiente y leal de su padre Juan Manzo

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Por Alberto Herrera

Carlos Manzo era hijo de Juan Manzo Ceja, aquél luchador social que a inicios de la década de 1990 protestó por lo que consideraba el fraude electoral que llevó a la presidencia municipal al ya fallecido don Agustín Martínez Maldonado. En punto de las seis de la tarde de todos los días Juan Manzo se colocaba al pie de la estatua en honor a Morelos, ubicada en la plaza principal de Uruapan. Se engarrotaba durante una hora, siempre solo, con una cartulina sostenida por ambas manos. Los dirigentes del partido al que pertenecía, el PAN, lo habían dejado sin apoyo, en una lucha sorda y pacífica que nunca prosperó, pues Agustín Martínez concluyó su período de gobierno, eso sí, con el debido respeto a la libertad de manifestación que siempre tuvo el padre del alcalde hoy abatido por las balas.

Carlos Manzo de su padre heredó la capacidad de luchar por sus ideales, sólo que le tocaron otros tiempos, esos donde la violencia desgarra hasta el aire que respiramos. Juan Manzo debe estar orgulloso de lo que hizo su hijo, aunque no era la manera en que se debía truncar una carrera política de un joven que iba en ascenso, pues sus ideales significaban mucho para la gente más vulnerable de la sociedad no sólo de Uruapan sino de Michoacán y de todo México

Juan Manzo le dio a Uruapan un hijo noble, con ideales y muy valioso y valiente. Aquellos días en que compartíamos juntos un café en El Emperador, previo su protesta pacífica, hoy se agolpan en la mente. No es el destino que un padre quiere para sus hijos. Es muy dolorosa la partida de Carlos Manzo, sobre todo por la marcada violencia con la que fue sacrificado.

Ojalá que su muerte no quede impune y que su padre Juan, donde quiera que esté, lo abrace y lo reconforte por la esperanza que le dio al pueblo de Uruapan. Que descanse en paz quien llenó de nuevos bríos e ilusiones a miles de personas que buscan una vida nueva, donde impere la paz y la justicia. Honor a quien honor merece.

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