
Por Dana Ceballos
La ciencia nace de la curiosidad infantil, de esa insistencia inagotable del “¿por qué?”. En la infancia se construyen aspiraciones a partir de lo visible: si en libros, caricaturas, películas y aulas la figura del científico suele representarse como masculina, el imaginario se moldea bajo esa imagen. Sin embargo, cuando una niña ve a una mujer en un laboratorio, liderando una investigación o explorando el espacio, no solo observa: incorpora la posibilidad de estar allí.
Pero crecer con esa posibilidad no significa transitar un camino sin obstáculos. Ser mujer en la ciencia implica avanzar bajo una exigencia constante, como si cada logro debiera validarse dos veces. Durante siglos, el discurso científico fue utilizado para justificar desigualdades bajo el amparo de una supuesta objetividad, cuando en realidad respondía a prejuicios culturales profundamente arraigados. El conocimiento, que debería ser herramienta de emancipación, fue también instrumento de exclusión.
Y, aun así, la ciencia persiste como un territorio de quienes no se conforman. No es un espacio reservado para unos cuantos; es el lugar de quienes cuestionan, de quienes sostienen la duda hasta encontrar respuestas, incluso cuando el entorno no está dispuesto a escucharlas.
Porque cada niña que hoy observa a una científica descubre algo más que un logro: descubre un lugar posible para sí misma. Y en ese reconocimiento silencioso comienza el verdadero avance.
La ciencia será más amplia, más justa y más humana cuando todas las miradas formen parte de ella. Y ese futuro empieza cada vez que una mujer decide ocupar, sin permiso y sin disculpas, el espacio que siempre le ha pertenecido


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