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LA POLÍTICA DE LA SIMULACIÓN: CUANDO EL DISCURSO SUSTITUYE A LA ACCIÓN

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Por Rafael Morales González

Indiscutiblemente, el equilibrio del poder en un país como México, interconectado, ampliamente politizado y dividido, requiere de una enorme fuerza para administrarse; la poderosa fuerza de la palabra. Difícil tarea tienen hoy los políticos: ir a la conquista de la apatía.

Nada nuevo hay bajo el sol de aquellos mexicanos que viven desde hace años en la desesperanza y en la desilusión, convencidos de que, no importa el Partido en el poder, ya que todo seguirá igual, gobierne quien gobierne, legisle quien legisle, pues, el abandono del campo es patente, como tangible es la percepción de inseguridad, lamentable e inhumana la precaria atención a la salud y brutal e insostenible una burocracia de mentiras.

¿No importa el Partido en el poder? No, no importa, porque malos y buenos políticos los hay en todos lados, en cualquier Partido. Aunque claro, también hay buenos políticos, quienes merecen todo nuestro reconocimiento y nuestro respeto.

El problema es, no que lleguen algunos políticos al poder mintiéndonos, sino que lleguen al poder para seguirnos mintiendo, creyendo ingenuamente que, tienen todo el derecho de hacerlo. Los ciudadanos no somos tontos. Que lleguen al poder unos cuántos políticos de pacotilla es decepcionante, ya que sólo se ponen el chaleco legislativo cuando les conviene, o para subir a Tribuna a tratar de confundirnos; o qué decir de algunos gobernantes del Poder Ejecutivo, que no gobiernan para todos, sólo para unos cuántos, para los suyos.

El lenguaje político dejó de ser una herramienta de comunicación para, drásticamente, convertirse en una estrategia de control y represión de masas. Las pseudoconferencias propagándisticas, los comunicados a modo y los eslóganes, han sustituido la gestión pública y la gobernabilidad. En ese escenario, la verdad ya no importa tanto como la percepción. Se gobierna a través de emociones, de ilusiones y de esperanzas, no de resultados.

El discurso en sí mismo se ha vuelto política pública, ¡qué grave! Basta con armar un buen discurso, usar recursos públicos, dirigiéndose a los gobernados o a los representados, para que parezca que se hizo algo.

Patético es ver, cómo Instituciones “independientes”, en muchos de los casos, casi siempre, reproducen el mismo patrón: crean programas sin impacto real, dan o rinden informes que no se verifican y crean leyes que no se cumplen. Todo está “en proceso”, “en planeación” o “en evaluación”.

La burocracia se ha convertido en una maquinaria de legitimación. El acto de reportar, “informar” o más bien, desinformar ha sustituido al acto de ejecutar.

La simulación, más que ineficiencia es una forma de poder que, permite sostener el control sin asumir responsabilidades.

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